Entrevista difícil a una báscula de baño

–       Buenas tardes.
–       82,5.
–       Pues sí que estoy gordo.
–       Dímelo a mí, que te soporto cada vez que te subes.
–       No eres una báscula muy simpática que digamos, ¿sabe?
–       Si quieres simpatía, cómprate una sandwichera.
–       ¡Ah! ¿Son simpáticas las sandwicheras?
–       Más que las batidoras, pero menos que los secadores de pelo.
–       ¿Los secadores de pelo son divertidos?
–       No quisiera seguir con esto. ¿Por qué insistes en seguir hablándole
a una báscula? ¿No sabes que en realidad no puedo hablar?
–       Entonces, esto que hacemos… ¿qué es?
–       Una simple fantasía a la que te ha conducido tu mente torturada
cuando te has dado cuenta de que pesas 12,5 kilos de más.
–       ¡Pero si yo no soy una mujer…! A mí, eso de pesar unos kilines de
más no me importa.
–       Claro, claro. Y por eso metes tripa.
–       ¿Yo meto tripa?
–       Y giras los brazos para ver si todavía sale algún músculo…
–       No soy consciente.
–       Pues tengo malas noticias para ti, querido: tus tríceps hace tiempo
que se marcharon de casa. Y tus pectorales, quiero decir: tus
inexistentes pectorales.
–       ¡Eres cruel!
–       Necesitas que alguien te diga la verdad.
–       ¿Por qué eres así?
–       Porque me aburro. Con la báscula de baño que era yo. ¡Qué báscula de
baño era yo! Recuerdo aquellos tiempos en el Colegio Mayor…
–       ¡Ah! ¿Fuiste a la universidad?
–       ¡Sí, y me licencié en Biblioteconomía! ¿Tú eres tonto? ¿No recuerdas
que me compraste en una tienda de segunda mano? Yo antes estaba en un
Colegio Mayor femenino.
–       ¡Qué buenos tiempos serían!
–       ¡Oh! Los mejores. Las niñas me decían cosas bonitas antes de
subirse. Y aquellos gritos. Los había de alegría, de terror…
–       ¿De terror?
–       ¡Ah! Cuando llegaba mayo y se probaban el traje de baño. ¡Qué gritos
de calidad! Eso eran gritos. ¡Ainf!
–       Ahora comprendo que conmigo te aburres mucho.
–       Hombre. Pues tú dirás. Trabajar para un gordito manteconero que sólo
se sube encima de mí una vez al mes como mucho. Ya nadie me calibra
con la ruedecita. Oh! Those were the days.
–       ¿Hablas inglés?
–       Soy Made in Korea.
–       Eres una báscula absurda.
–       ¿Absurda yo? ¿Absurda? ¿Absurda me llamas? Pues hala. De 82,5 pasas
a 83. ¿Qué te parece, barrilete?
–       Bah. No te pongas así.
–       Sí, claro., Ahora le quitas importancia. Por si no se ha dado
cuenta, estamos teniendo una discusión, fatty.
–       No voy a discutir con una báscula de baño.
–       83,5, Po-Po-Porky.
–       No sigas.
–       84, gorrinillo de oro.
–       Ahí te has pasado. Eso me ha hecho daño.
–       84, 5. ¿Qué vas a hacer? ¿Eh, eh, eh? ¿Te vas a comer un kilo de
helado? ¡Eh! ¡Qué haces? No, hombre, no. Vamos a llevarnos bien. Mira,
81 kilos. ¡Adonis! ¡Guapetón! ¡Cuerrrrrpo! ¡No, hombre, déjame en el
suelo! ¡Ah, así que esto es una ventana! Y esto debe ser el aire de la
mañana. Y el cielo azul del que hablan las toallas. Y eso que se
aproxima a toda velocidad tiene toda la pinta de ser eso que llamáis
asfalto y… (cronk, guirl, piuf).

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