Cena de heteros, arruinada cuando uno de ellos pide una Tarte Tatin con muchas cucharitas

Todo ocurrió en un restaurante-hamburguesería del centro de Bilbao en el que ocho cuarentones, amigos desde tiempos colegiales, habían quedado “para ponerse al día”. La comida iba por unos cauces normales de risas y conversaciones sobre mujeres cuando, a los postres, uno de ellos chistó el camarero y le pregunto si había Tarte Tatin y de ser así que “una ración y muchas cucharitas y la ponemos al centro, ¿no os parece? Para un cambio de sabor…”.

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El resto del grupo achinó los ojos, ladeó la cabeza y permaneció en un extraño silencio apenas roto por la carraspera de uno de ellos. Al cabo de treinta segundos incómodos, otro de los amigos miró derecho al que había pedido la Tarte Tatin y le preguntó con voz seria y trascendente si no sabía que “los hombres de verdad no comparten postre” y si no tenía algo que contarles.

En ese instante, el individuo bajó la cabeza, se mordió los labios con un gesto de contrariedad no exento de coquetería, cruzó las piernas en un escorzo imposible, elevó un brazo una cuarta, desmayó el dorso de la mano, pestañeó rapido una decena de veces y musitó: “Sí”.

“Pero si saliste con mi hermana”, dijo otro de los amigos, bastante disgustado. “Quizá fue por eso”, contestó otro de los amigos.

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