El penalti de Messi manda al olvido al equipo que probó que existen las ondas gravitacionales


“Ha sido breve, pero intenso”, este es el comentario más repetido por los científicos del Observatorio de Ondas Gravitacionales por Interferometría Láser (LIGO, siglas en inglés), que vieron ayer cómo su popularidad se desplomaba hasta quedar relegados al pozo oscuro, lóbrego, hondo y perpetuo del olvido cuando Lionel Messi (Rosario, Argentina, 1987) decidía centrar un penalti al delantero uruguayo Luis Suárez para anotar el cuarto gol del FC Barcelona en su encuentro liguero contra el Celta de Vigo que terminó con victoria, 6 a 1, para el Ejército de mercenarios desarmados de Cataluña (Vázquez Montalbán, más o menos).

“No hay nada que objetar –asegura a este periódico un portavoz del LIGO-. Sabíamos que lo de abrir telediarios, ser portadas de periódicos y amargar a los tertulianos duraría lo que quisiera Messi. Si te soy sincero, nos hubiera gustado aguantar un poco más, pero en cuanto hemos visto el gol que ha fabricado el tipo este, nos hemos dicho: ‘chicos, desconectadlo todo y vámonos a casa’. Hemos llorado un poco, hemos cantado agarrados de los brazos alrededor de una hoguera, hemos desenchufado los interferómetros, que no sabes tú la de luz que chupan, y el último ha salido cerrando la puerta”.

Fuentes próximas a la Academia Sueca han confirmado que peligra el Premio Nobel para el equipo científico del LIGO. “El de Física, desde luego, es para Messi, qué obvio. También el Nobel de la Paz, porque una vez Messi estuvo en Bolivia, y, cómo no, el de Literatura, porque hay que ver qué páginas tan hermosas está escribiendo este muchacho. Así que, sintiéndolo mucho, está muy jodida la cosa”.

En este sentido, el científico de Caltech, inventor de los interferómetros del LIGO, Rai Weiss (Berlín, 1932), ha confirmado que uno de sus cuñados tiene un barco de pesca y que lo mismo le da trabajo limpiando tripas de pescado. “Algo hay que hacer para vivir”, ha confirmado Weiss, que ha soltado una carcajada maligna mientras acariciaba a un gato de angora que estaba tumbado sobre sus muslos y se iba sumiendo en las sombras.

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