Cuento de verano: “Mejor ver”, por Luis Montero Trénor

Mejor ver

Luis Montero Trénor

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Esto que escribo es una petición de socorro. Explicaré con (relativa) brevedad: como ya conté alguna vez, me dedico a la intermediación inmobiliaria desde hace casi seiscientos días y mi zona preferente es el distrito de Chamartín, con muy especial querencia por Príncipe de Vergara. Logré tres meses atrás la exclusiva de un piso situado en la calle López de Hoyos (cerca de la glorieta) con tres habitaciones, dos baños, calefacción central, portero físico, zonas comunes, mejor ver, no deje pasar esta ocasión, ¡bienvenido a su casa!

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Pero lo que más me gustó del inmueble fue una magnífica cama de agua donde cabían varios equipos de waterpolo (pantalla de plasma al frente), y rápidamente lo supe: allí materializaría las siestas con las que descansar de trabajo tan agotador y tedioso como el mío.

Quizá exageré empezando a dormir allí de tres a cuatro de la tarde desde el primer día. No me siento nada orgulloso, fue un abuso de confianza. El diecinueve de junio, a las 15:57 y mientras hacía uso del excepcional catre -en pijama para mayor escarnio-, percibí cómo algunas personas entraban en la casa y se encaminaban de forma inequívoca hacia la habitación donde yo aguardaba lo peor con ojos aterrados. Pegué un salto, agarré ciertos objetos (ropa, pasta de dientes azul, cepillo, transistor), busqué la solución con celeridad inaudita, abrí la puerta del armario más cercano y me encerré en él. Desde allí, escuché cómo alguien joven (¿hija de la dueña?) explicaba a otros las bondades de la magnífica vivienda -orientación norte/sur, sin derramas- y abandonaba el lugar sin percatarse de mi presencia. Era yo un tipo con suerte.

Sentí un escalofrío cuando comencé a darme cuenta de que la puerta no podía abrirse. A los diez minutos, el pánico era absoluto. Media hora después, alguien tocó mi hombro y me saludó con cortesía: “Adelardo Villegas, de ReMax, encantado de conocerle. Tome usted una tarjeta”. Al mirar hacia atrás, comprendí que el interior del mueble era cien veces mayor de lo que aparentaba y contenía varias decenas de individuos, casi todos agentes de la propiedad inmobiliaria. El infortunado más joven, de sólo doce años, aseguró llevar allí desde la primavera de 1983, cuando tuvo la nefasta idea de esconderse ante la amenaza de una inyección médica.

Me pusieron pronto al día: hasta el momento, nadie -que supieran- logró abandonar el encierro porque la puerta no se mueve (a mí me lo van a decir) y hay tremenda parálisis general cuando un nuevo desdichado penetra en aquel infierno; no existía la sed, el hambre, el sudor ni ninguna servidumbre física; durante los últimos cuarenta años sólo había muerto una persona y fue porque quiso; a la vista de todos se encontraba el repugnante esqueleto para quien quisiera echarle un ojo científico o curioso. Poco a poco me iría acostumbrando.

Desde el principio percibí algunas cuestiones extrañas: los habitantes del armario repetían sin cesar las siguientes frases: “estoy de lunes”, “estoy de martes”, “estoy de miércoles”, “esto es como todo”, “sí o sí”, “tonto no, lo siguiente”, “a ver si acaba ya este calor”, “no hay quien soporte el frío”, “si no te gusta nuestro Estado democrático y de derecho, búscate otro armario”, “este es el armario que nos hemos dado”, “¿eh?”, “eh?”, “¿Ah?”, “como que sí”, “como que no”, “vivimos lo que es encerrados”, y sobre las nueve de la mañana se juntaban en un punto para gritar muy fuerte: “¡No es no!”. Al principio me atreví a introducir algún vocablo novedoso, pero reaccionaron de forma tan áspera que cambié de idea. “¡Tolerancia cero con los intolerantes!”, gritaron. Y yo, sintiéndome señalado por pupilas amenazadoras, actúe con rapidez e inteligencia; comencé a gritar: “¡No es no!” y todos aplaudieron llenos de entusiasmo.

El edificio es blanco, tiene ocho plantas, lo guarda un portero con el brazo tatuado, se encuentra frente a una parada de autobús y -¡maldita sea!- no recuerdo el número exacto. Escribo estas palabras con la casi nula esperanza de un náufrago; si llegara hasta mi móvil -cuya batería permanece fija en el 56%- un viento fresco de cobertura y leyerais el terrible mensaje que ahora tecleo, no permanezcáis impasibles: venid, buscadme, llamad a la policía, divulgadlo en redes sociales. Haced algo.

A mediados de los ochenta, me contó mi abuelo paterno la historia de un armario que se abrió tras décadas de abandono y de él salieron hombres altos, bajos, jóvenes, casi ancianos, europeos, asiáticos, naturales del Nuevo Mundo y toda la colección de personajes que cierta esposa infiel encerró durante años. Ante las miradas incrédulas de la servidumbre y del gerente de una empresa de mudanzas, noventa varones recuperaron la libertad. Ayudadnos a que seamos como ellos y devolvednos a la triste, miserable, indigna labor de la intermediación inmobiliaria. Sacadnos de aquí.

 


Luis Montero Trénor es agente inmobiliario (en serio, lo es), devoto del Atlético de Madrid y autor de un libro esencial sobre fútbol: Tú querías ser Juanito… y yo driblar como Rubio (Editorial Homo Legens, 2018).