Pedro Sánchez aprovechará la tumba vacía de Franco para enterrar su tesis doctoral

Si se fijan bien, verán que el guardia civil de la izquierda mira al presidente Sánchez como si no se pudiera creer lo que está viendo. Igualito que la mayoría de los españoles

Hoy hemos conocidos que en la anunciada modificación de la Ley de Memoria Histórica que permitirá profanar exhumar los restos de un personaje histórico como fue el general Franco (para los de la Logse: un militar gallego que gobernó España durante cerca de 40 años del siglo pasado con notable paternalismo y cierto éxito económico y cuyos herederos políticos permitieron e impulsaron una Transición a la democracia que hoy másomenossss disfrutamos), ha pasado desapercibida una addenda en el articulado.

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En este añadido, el Gobierno “concede autorización al excelentísimo señor don Pedro Sánchez, presidente del Gobierno, a usar en usufructo vitalicio y hereditario la tumba vacía, hueco y lápida de dos toneladas para enterrar su tesis doctoral, que deberá permanecer resguardada allí por ley un mínimo de 3.000 años, hasta que se muera Eduardo Inda o hasta que llegue el Apocalipsis, lo que suceda antes”.

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Fuentes próximas a la Presidencia del Gobierno han negado que esto se deba a las revelaciones del ex ministro socialista Miguel Sebastián que en su día aseguró que el Ministerio de Industria había escrito cerca del 90 por ciento de la “inane y superficial” tesis doctoral de Sánchez. “Eso es mentira -aseguran las mismas fuentes-, la realidad es que el presidente es muy modesto, un tipo humilde, y no quiere deslumbrar a los españoles con su portentoso despliegue de inteligencia y conocimientos que harían palidecer de envidia a polígrafos de menor nivel como Marcelino Menéndez Pelayo o el padre Feijoo”.

Como es sabido, la tesis doctoral de Pedro Sánchez, titulada “Innovaciones de la diplomacia económica española: análisis del sector público (2000-2012)(zzzzzzz… zzzzzzz… zzzzeh, ah, perdón, me había quedado sobado), fue defendida en la universidad privada (¡privada!) Camilo José Cela en 2012, y fue escrita en tan solo dos años y nueve meses frente a los seis de media de un trabajo de esa envergadura, recibiendo la calificación de apto cum laude y permaneciendo secreta y bajo custodia de la universidad privada (¡privada!) CJC desde su defensa.

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