Gibraltar: España celebra sus primeros 314 años poniendo la cama, las esposas y la nata

Si es verdad eso que dicen que la risa alarga la vida, es extraño que la esperanza de vida de los ingleses sea inferior a la española porque no hacen más que descojonarse de nosotros desde hace más de tres siglos. Este grabado satírico -pero bastante descriptivo de nuestra posición de fuerza respecto a Gibraltar- es de 1782.

En 1942, mientras los campos de Europa se llenaban de amapolas, la Royal Navy envió un cable al Almirantazgo en el que informaba de que en Gibraltar sólo quedaban vivos siete monos de berbería. Aquel mensaje llegó a la mesa de Winston Churchill, quien ordenó al Ejército que una unidad de combate fuera hasta Túnez, localizara cuantos macacos pudiera y los transportase de inmediato a La Roca. Churchill conocía el mito que asegura que el dominio inglés de la colonia cesará el día en el que desaparezcan los monos que la habitan, los últimos simios libres de Europa, esos que hasta hace poco más de una década recibían el mismo trato que un soldado inglés cuando resultaban heridos o enfermaban…

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Es decir, que en plena guerra mundial, un primer ministro ordenó una misión urgente militar para repoblar de p**** monos un peñasco en el Estrecho. Al lado de esto, la historia de Salvar al Soldado Ryan es una peladilla. Si la anécdota no ejemplifica que jamás recuperaremos Gibraltar, ¿qué podría hacerlo? Quizá un recorrido por el bochorno de nuestra diplomacia que comenzó cuando tras Utrecht, la primera medida británica, por si no había quedado claro, fue la de ocupar manu militari dos posiciones, la Torre del Diablo y El Molino, en el istmo que une Gibraltar con la Península y que era territorio español. España protestó. ¿Mucho? Sí. 

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Acto seguido, Inglaterra pidió como gesto de buena voluntad que España respetara un terreno neutral de poco menos de 1.500 metros de largo entre ambas tierras. España, que todavía se sentía ofendida, aceptó. Esto es clave en la gestación de futuros “trágalas”.

Durante los siguientes treinta años, todos los embajadores españoles en Londres y los enviados a las distintas conferencias y convenciones que hubo en Europa, recordaron a los británicos la voluntad real de recuperar lo nuestro. Londres jamás respondió con evasivas: siempre dijo que no. Punto redondo. Tras esos primeros treinta años, España cambió su política respecto al “problema”. Si en los primeros tiempos se trató de conseguir “por las bravas” y con sitios militares asfixiantes, la devolución de lo robado, y si más tarde se trató de conseguir por la vía diplomática, es el tiempo de lograr la restitución ofertando ventajosos canjes.

Esta política va desde 1784, cuando Floridablanca trató de trocar Gibraltar por Puerto Rico, hasta el dictador Primo de Rivera, que con timidez ofertó Ceuta a cambio de la recuperación del Peñón. Todas las gestiones fracasan, y en la negativa británica se advierte que la Corona inglesa considera Gibraltar no sólo como fuerte estratégico, sino como la pieza maestra sobre la que se asienta su orgullo imperial. Más que Malvinas, dónde va a parar.

Pero estas gestiones no entran en la consideración de engaños británicos, sino en la de pifias españolas. En cuanto a los engaños, los más humillantes para España comenzaron en 1815. En ese año, Gibraltar sufrió una epidemia de fiebre amarilla y el gobernador de la colonia rogó a las autoridades españolas que permitieran la instalación de un campamento médico en el interior del campo neutral, es decir y a todos los efectos, en territorio español. Los españoles, siempre generosos hasta la estupidez, no sólo consentimos la construcción del hospital, sino que cedimos más de 90.000 kilogramos de trigo para aliviar a los maltrechos coloniales. Terminada la epidemia, y cuando España esperaba el desalojo del campo neutral, los ingleses no sólo no se retiraron, sino que construyeron puestos de centinelas al norte del campamento médico. Las autoridades españolas protestaron, claro, ¿mucho?, sí; con insistencia.

Pero la segunda parte es, como siempre, mucho más interesante… y vergonzosa: en 1854 se declaró otra epidemia de fiebre amarilla en la colonia y los ingleses, con toda su flema, solicitaron construir barracones para enfermos dentro de lo que quedaba del campo neutral (a estas alturas, poco más de la mitad de los 1.500 metros asignados en un principio). Los españoles accedimos a los deseos británicos y volvimos a proporcionar víveres para los enfermos. Desaparecida la epidemia, ¿adivinan?, los británicos emplazaron más puestos de vigilancia. Los españoles protestamos. ¿Mucho? Sí; hasta quedarnos roncos.

En el calor sofocante del verano de 1881 (maldito cambio climático) ocurrió otro hecho que demuestra el cuajo inglés. Los españoles decidieron aliviar las guardias de sus centinelas instalando unas lonas a modo de parasoles. Inglaterra, con chulería, autorizó a posteriori la instalación de esas lonas a cambio de que fueran retiradas al término del estío. De inmediato, los británicos construyeron garitas de piedra para su guardias. Los españoles, que ya habían retirado los parasoles, protestamos a lo burro. ¿Mucho? Sí. Oh, sí, nos enfadamos tanto… Los ingleses remitieron una carta oficial a nuestra Embajada en la que recordaban que fueron las autoridades españolas las que colocaron las lonas sin contar, en un primer momento, con la autorización británica. La capacidad de tragar de España ya se advertía infinita.

Y así, confiados a la debilidad española, los británicos se inventaron un nuevo concepto de Derecho Internacional: el de “zona de seguridad militar” o, lo que es lo mismo, la soberanía inglesa de las aguas de la Bahía de Algeciras en 200 metros a lo ancho desde el puerto de Gibraltar. A esta aberración le llaman “Aguas del Almirantazgo” y ha cumplido dos funciones importantes. La primera, asegurar la llegada de los barcos y lanchas de contrabandistas que son defendidos por la Navy de las acechanzas de la Guardia Civil. La segunda, la de hostigar a los barcos pesqueros de bajura que tratan de faenar en aguas jurisdiccionales españolas. España, cómo no, ha reconocido también “de hecho” la soberanía inglesa prohibiendo a los pesqueros faenar en esas aguas. En cuanto a las lanchas planeadoras de los contrabandistas que abastecen el gran mercado negro de la colonia, los barcos del servicio aduanero español no los persigue dentro de las Aguas del Almirantazgo porque tienen órdenes de no hacerlo, no sea que se enfaden los ingleses y nos conquisten Mallorca o se beban todo el alcohol de Magaluf.

A comienzos del siglo XX, en concreto en 1908, es cuando empezó a hablarse de la famosísima verja. Para sorpresa de todos los que piensan que aquel es un invento franquista, la realidad es que la construcción del muro de hierro que separa físicamente la colonia y el terreno robado en el istmo de lo que es España es una iniciativa cien por cien británica en represalia a la negativa del Gobierno español del rey Alfonso XIII a autorizar el libre comercio entre Gibraltar y España.

Pero cosas peores ha visto el conflicto, y una de estas ocurrió en 1938, en plena Guerra Civil, cuando Inglaterra decidió construir un aeropuerto (“pista de aterrizaje de emergencia”, dijeron) no sólo en terreno del istmo robado a España, sino en aguas españolas que ni siquiera estaban bajo la etiqueta de “Almirantazgo”. Ninguno de los gobiernos españoles, ni el de Madrid ni el de Burgos, movió un dedo en un año en el que se buscaban simpatías por doquier, no enemistades.

Entre tanta incompetencia, no es hasta 1942 cuando se toma la primera decisión más o menos digna: ocupar oficialmente lo que quedaba de terreno español en el “campo neutral”. Los ingleses tuvieron la desvergüenza de protestar.

En mayo de 1954, la colonia recibe la visita oficial de su Jefe de Estado, la reina Isabel II y de su marido, el duque de Edimburgo. España responde cerrando el consulado y restringiendo los pases a los visitantes españoles. Es el primer aviso serio de que la diplomacia española afila sus garras retráctiles. Desde entonces, las visitas de la Familia Real son constantes y provocadoras, como la escala que Carlos y Diana realizan en su primer día de viaje de novios, o en 2001 el príncipe Andrés o el príncipe Eduardo…

Pero la mayor mentira de todas parte de lo que los ingleses llaman “el pueblo gibraltareño”, a quien concede el falso derecho de decidir sobre su futuro. No existe tal pueblo (salvo el de San Roque). Los habitantes de Gibraltar fueron importados por los británicos desde sus colonias en Asia (la India, sobre todo) y el Mediterráneo (Malta, Chipre, la actual Israel y norte de África). Esa mezcolanza de extranjeros atraídos por un régimen autónomo en un puerto franco al amparo de la Corona inglesa es incompatible con la doctrina de la ONU sobre lo que conforma un pueblo.

En 1956 tuvo lugar la primera acción diplomática española digna en todo este contencioso. El bilbaino Fernando de Castiella y Maíz diseñó una nueva política basada en tres puntos: uno, plantear el problema ante la ONU como un asunto de descolonización, dos, bloqueo económico a la colonia y tres, desarrollo económico de las poblaciones del Campo de Gibraltar. La ONU da la razón a la diplomacia española e insta a una solución negociada del conflicto para la descolonización. El Gobierno británico responde en 1967 convocando un sospechoso referéndum para que los habitantes de Gibraltar decidieran con cuál país quedarse. La consulta deriva, en 1969, en la Constitution Landsowne concedida por Isabel II en la que se reafirma la “voluntad” de la Corona británica de no dar paso alguno hacia la descolonización sin contar con los deseos del mal llamado “pueblo gibraltareño”. La respuesta de España, contundente al fin, fue la de cerrar la verja, aplicando el principio de que a Gibraltar sólo se la puede “vencer” estrangulando su economía para conseguir que la colonia le resultara a la Corona británica una carga financiera de difícil aguante. Pero aquello duró muy poco. 

La economía gibraltareña, a lo largo de la segunda mitad del siglo pasado y en el presente, se basa en la constitución de decenas de miles de sociedades orientadas al blanqueo de dinero, al fraude fiscal y al contrabando, al tiempo que importa mano de obra española para el sector servicios. Sin embargo, al buen Castiella le sucedio el tecnócrata López Bravo, un reputado anglófilo, que suavizó las tensiones creadas, como más tarde harían los ministros Cortina, Areilza, Oreja Aguirre y Pérez-Llorca, convencidos (los dos últimos) de que la Santa Transición vencería las reticencias británicas. Pero qué va. El resto de los jefes de nuestra Diplomacia se ha rendido al inglés, empezando por el optimista Morán, quien abrió la verja apenas un mes más tarde de la victoria socialista en 1982. Desde entonces (Fernández Ordóñez, Solana, Westendorp, Matutes. Piqué, Moratinos, Jiménez), y hasta antes de ayer, con García Margallo, y ayer, con Borrell (el que va diciendo en la BBC que Cataluña es una nación) y Pedro Sánchez, todo son concesiones españolas a cambio de nada más que reuniones anuales para “desbloquear” el conflicto. ¿Exageramos? En tiempos de Zapatero, Miguel Ángel Moratinos acudió a Gibraltar (un ministro de Exteriores del Reino de España de visita en una colonia) a una trilateral con el gobierno inglés y la autoridad gibraltareña, lo que en la práctica significó tanto como reconocer a Gibraltar como un país soberano. Por eso no fue nada extraño que llegara la Federación Internacional de Fútbol y reconociera de inmediato el derecho de la selección gibraltareña de fútbol a participar en torneos internacionales bajo su bandera. España, una de las grandes potencias mundiales de fútbol y con un enorme poder dentro de la FIFA, protestó. ¿Mucho? Tanto que adoptó una posición de fuerza increíble: negarse a competir contra Gibraltar. Hala.

Londres, que no tiene aliados permanentes, sino intereses permanentes (en afortunada y cínica frase de Churchill, el de los monos) lo ha dejado claro: “Nada se hará en contra de los deseos de los gibraltareños”. Algo que, por ejemplo, Gran Bretaña no tuvo en cuenta, ni lo consideró, en Hong Kong… Claro que China no es España.

Y si han llegado hasta aquí y ha aprendido un montón de cosas que sólo le contamos nosotros, un apunte sobre cómo comenzó todo:

En 1704, en plena Guerra de Sucesión española, una flotilla de barcos ingleses aliados de los austracistas al mando del almirante George Rooke arribó a las costas de Gibraltar (los romanos lo llamaron Julia Calpe y los moros lo rebautizaron en 711 como Gebel-Al-Tarik, de donde se fue corrompiendo el nombre hasta llegar al de Gibraltar). La flotilla inglesa de Rooke instó la rendición de la plaza en nombre de Carlos III. Respondió el mando español del Marqués de Villadarías con una rotunda negativa y con el juramento de su fidelidad al legítimo rey Felipe V. Rooke ordenó el bombardeo sobre la débil posición (las crónicas hablan de no más de cien soldados españoles y de un número parejo de milicianos sin experiencia ni formación). Durante todo un día, los cañones británicos llegaron a disparar cerca de cuatro mil balas sobre la población. Confirmado el desastre, el mando español negoció la capitulación ante lo que ellos creían que eran las fuerzas de Carlos III, que izaron la bandera del pretendiente en el fuerte.

Pero pocos minutos después, el almirante inglés consumó la primera de las cien mentiras británicas: arrancó la bandera del archiduque, colocó la inglesa, tomó posesión de la plaza en nombre de la reina Ana de Inglaterra y forzó el éxodo del único “pueblo gibraltareño” que existe: el que hoy vive en San Roque. Fue el 4 de agosto de 1704. Hoy, la bandera británica sigue izada en el Peñón, y bajo su sombra y sus leyes Gibraltar se ha convertido, gracias a la debilidad española, en un puerto franco parásito de la Península, en el último vestigio del poder imperial británico en Europa, ejemplo perfecto de la habilidad fullera diplomática británica y de lo tontos que somos los españoles. O débiles. O tontos débiles. Es como si además de putas, pusiéramos la cama. Y la nata. Y las esposas. Y encima, les diéramos las gracias por fo…

…llarnos.

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