Pablo Iglesias empieza a sospechar que al que le están purgando es a él

No lo supimos ver cuando todo eran días de marxismo y rosas, pero en esta foto ya se barruntaba algo de lo que hoy es la soledad de Pablo Iglesias, aislado junto al servicio doméstico en su mansión

Hoy hemos sabido que ayer, cerca de la medianoche, mientras Pablo Iglesias Turrión (Madrid, 1978), líder de Podemos, practicaba meditación budista revolucionaria en uno de los salones de su casa, uno de los empleados del servicio doméstico de Villa Casoplón (en concreto el tercer lacayo (por ser el día libre del mayordomo y por un gripazo del ayuda de cámara) entró con una bandeja de plata en la que llevaba un despacho de agencia que informaba de que la alcaldesa de Barcelona, Inmaculada Colau (Barcelona, 1974.), también se había rebelado contra la dirección de Podemos siguiendo la estrategia de Manuela Carmena (Abu Simbel, 1343 a.C.) e Íñigo Errejón (Madrid, 2004 d.C.).

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Según las mismas informaciones, al recibir la noticia, el líder de Podemos abrió despacio los ojos, fijó la vista en el horizonte, justo en la reproducción enmarcada de Josef Stalin paseando cada vez más solo por las orillas del canal de Moscú, y exclamó: “Hostia puta, a ver si al que le están purgando es a mí”, antes de colocarse en posición fetal y comenzar a chuparse el dedo con cierto frenesí.

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Esta revelación personal y los gritos de la pareja sentimental de Irene Montero “¡que tenemos dos hijos y una hipoteca a 30 años, desgraciau!”, provocó una gran desazón entre el servicio doméstico que atiende la baja de paternidad del líder comunista, como lo demuestra el hecho de que al menos dos mozos de cuadra, un ama de cría y el jardinero-paisajista actualizaron sus currículos (o curricula) en LinkedIn a la búsqueda activa de un nuevo empleo.

En este sentido, hoy se ha sabido que las tiendas de deportes de la cadena Decathlon —previendo la demanda a corto plazo del mercado— ha subido un 400 por cien el precio de los piolets y ha incorporado palas, cuerda, plástico, cinta americana y coartadas a su de por sí ya extenso catálogo que incluye miles de cosas que usas una vez todo lo más y ocupan mucho y un día viene tu mujer y las tira y tú protestas porque «joder, cari, que ese saco de dormir lo guardaba por si llegaba un apocalipsis zombi». «Y el balón gigante de pilates, también, ¿no?», responde ella. Y tú: «Pues sí». «Ya», dice ella. Y tú acabas durmiendo en el sofá. Ella, calentita en la cama y tú en el sofá. Y sin saco de dormir y sin balón de pilates. Y entonces piensas que eres un pringao. «No lo pienses, lo eres», te dice una voz interior y empiezas a simpatizar con Pablo Iglesias…

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