Santiago Abascal, recuerda que eres mortal

A la izquierda, Santiago Abascal. A la derecha, Santiago Abascal. Esto es un manual de resistencia y lo demás, sanchezrías

Hubo un tiempo, no hace ni cinco años, en el que el presidente de VOX, Santiago Abascal (Bilbao, 1976), se subía a una caja de frutas encima de un banco de Sevilla con un megáfono para dar un mitin seguido por nueve (9) personas entre la indiferencia de los transeúntes (para los de la Logse: gente que va por la calle). Tiempos en los que tras el coitus interruptus de las elecciones al Parlamento Europeo en las que se quedaron fuera por 2.600 votos, hubo desbandada en aquella formación con nombre de diccionario (para los de la Logse: una especie de wikipedia en papel) de esos que a mitad de curso tenían menos tapas que un bar de París. Nadie les hacía caso. No hacía falta ni un cordón sanitario a su alrededor porque no eran nadie y hacían cosas de nadie como presentar a Carmen Lomana al Senado o al padre de Monedero al Congreso. Lo de antes es incompleto. Les hacía caso Intereconomía, que es una cadena muy de causas perdidas y en vez de hacer programas de encerrar a catorce personas en una casa a ver si follan, o programas de citas a ciegas para ver si follan, o programas de cocineros que van a restaurantes malditos a ver si se los follan, hace programas de debate político o de fomento de la lectura. Locos. Ellos sabrán.

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De banco físico sevillano en banquito mediático madrileño, Abascal y un puñado de voluntarios —Javier Ortega-Smith, Mazaly Aguilar, Rocío Monasterio, Iván Espinosa de los Monteros, Alicia Rubio, Pedro Fernández y Víctor Sánchez del Real—, languidecían abrazados al héroe José Antonio Ortega Lara en un pisito de la calle Diego de León mientras los votantes de la derecha tradicional (95 por ciento de conservadores, 4 por ciento de liberales, 1 por ciento de reformistas) perdonaban todas las traiciones de Mariano Rajoy por el recuerdo de Zapatero, por el miedo a Pablo Iglesias o porque huy, mira, un vídeo de gatitos en youtube.

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Hemos dicho que a Rajoy se le perdonaba todo, y no mentimos. Se le perdonó que subiera los impuestos a lo bestia cuando había prometido que los bajaría, se le perdonó que mantuviera la Ley de Memoria Histérica cuando había prometido derogarla, se le perdonó que se cepillara (metafísicamente hablando) a los 50 diputados provida del Partido Popular que presentaron el recurso ante el Constitucional por la ley del aborto; se le perdonó que despellejara a los autónomos mientras amnistiaba a los offshorianos, que no trabajara para que crear una empresa en España sea menos difícil que en Ruanda, que no cumpliera lo que prometió sobre modificar la Ley del Poder Judicial para que la Justicia sea independiente, que no tocara las leyes de inmersión lingüística, que colocara a socialdemócratas como Wert al frente de Educación, que animara a un duopolio mediático, que fuera a la boda de Maroto, que no detuviera el expolio del Archivo de Salamanca, que excarcelara a Bolinaga, que cada Navidad le tocara el PNV como “amigo invisible”, que no redujera la Administración, que aumentara la deuda pública como si fuera socialista… Incluso se le perdonó la corrupción (“Luis, sé fuerte”) porque, y en esto hay parte de razón, la izquierda más y peor. Hasta se le perdonó que sólo leyera el Marca, que se hiciera fotos en chándal andando rápido y que mandara una delegación del PP a la convención demócrata en Estados Unidos y ninguna a la del Partido Republicano. Todo se le perdonó porque, porque… eh… huy, mira, ja, ja, ja (para los de la Logse: jajajajajaja), el negro del whatsapp, o algo así.

Y entonces, sólo entonces, ocurrió algo mágico. El Gobierno de Cataluña ordenó un segundo referéndum de independencia. Pero esta vez, no como la pantomima de 2014, sino en serio; o al menos esa fue la impresión que dio a todo el mundo cuando un independentista como el ex juez y senador de ERC Santiago Vidal —apartado de la carrera judicial por haber redactado una Constitución catalana— se fue de la lengua en una conferencia en enero de 2017 y admitió que la Generalidad guardaba datos fiscales de los catalanes “de forma ilegal”. Ante esta revelación —como si los del CNI fueran unos inútiles, que no lo son y desde aquí un saludo muy cordial y el anuncio de que las webcam de nuestros ordenadores están cegadas con una pegatina—, Rajoy hizo lo que los grandes estadistas de la Historia de España desde Pi i Margall a Azaña han hecho: fumarse un puro. O dos.

Mientras los españoles, incluidos más de la mitad de los catalanes, asistían estupefactos a la idea de que un gobierno regional estuviera trabajando para hacer efectiva la ruptura de la nación más antigua de Europa, aquellos pocos, felizmente pocos, banda de hermanos de VOX, presentaron una querella en un juzgado de Barcelona para que se investigara el presunto delito cometido por la Generalidad y revelado por Vidal. La Fiscalía se opuso. La Fiscalía se opuso. ¿Hemos dicho ya que la Fiscalía se opuso? Pues sí. La Fiscalía se opuso.

VOX se lanzó al camino de UPyD: hacer de la acción judicial contra los separatistas y sus colaboradores su principal actividad política. El riesgo era evidente si consideramos que la historia reciente de España nos demuestra que Rosa Díez, la ex consejera del Gobierno vasco que demandó a Mingote y que no fue líder del PSOE por un puñado de votos, ahora es una tuitstar y ya. Un abrazo, Rosa.

Los medios de comunicación de izquierdas que tanto le debían al Partido Popular empezaron a hacer caso a VOX, pero para advertirnos de que eran fachas. Incluso trumpianos. El cordón sanitario se amplió a poder hablar mal de ellos sin que les invitaran a defenderse. Pero fuera así, o no, que no, aquel Juzgado de Barcelona admitió la querella y ordenó a las Fuerzas de Seguridad que investigaran las cuentas y los cuentos de la Generalidad. De aquella investigación promovida por VOX llegó en la noche del 20 de septiembre de 2017 el registro de la Consejería de Economía en relación con los preparativos del referéndum ilegal. El final es conocido: retención democrática de la comitiva judicial y destrozo pacífico de los coches patrulla de la Guardia Civil. Once días después, el referéndum que jamás se iba a celebrar, se celebró. El 27 de octubre las fuerzas independentistas proclamaron la República Catalana y suspendieron sus efectos (las leyes preparadas y aprobadas por el Parlamento catalán para ello) menos de un minuto después.

Y entonces ocurrió el segundo milagro para VOX. El Partido Popular accedió a las presiones de Ciudadanos y del PSOE y aprobó en el Senado la aplicación de un 155 bajo en calorías (light) que ordenaba la intervención de la autonomía y la destitución del Gobierno catalán hasta que se celebraran elecciones autonómicas convocadas para dos meses después. El 28 de octubre, la persona más controlada de toda Cataluña, el presidente Puigdemont, se fugó sin problemas a Bélgica con otros cuatro consejeros, a comer mejillones. El resto del Gobierno catalán se fue a la cárcel, a comerse el marrón.

Pero VOX, que era actor determinante en todo esto, seguía sin aparecer en las encuestas electorales. Cuando uno perdona mil veces, por qué no una más. Pero como no hay vaso que no rebose, los electores catalanes del PP le dieron la espalda a la que llegó a ser la tercera fuerza en Cataluña en tiempos del malogrado Alejo Vidal Quadras y se pasaron en masa a Ciudadanos. Se barruntó en aquellas elecciones autonómicas que no era pecado votar a otras cosas que no fueran el PP. Mientras tanto, en la calle Génova de Madrid, el humo del puro —que es un humo muy desagradable para el que no lo fuma— lo ahogaba todo.

Y entonces llegó el tercer milagro. Para VOX, claro. Bélgica primero y Alemania después, se pasaron la euroorden de detención y entrega de Puigdemont por donde se suele pasar la Unión Europea la defensa de los intereses de España: par le Arc de Triomphe de l’Etoile (por los mismísimos, en español). Los españoles vieron que se había aplicado un 155 light, que los independentistas habían vuelto a ganar las elecciones, que Rajoy había levantado la intervención de la autonomía y que el Estado español, en este caso representado por el Gobierno español, tenía menos fuerza en Europa que un koala octogenario depresivo. A todo esto, Rufián seguía convirtiendo el Congreso en un circo de payasos, Pablo Iglesias se había comprado un casoplón para mejorar la vida de la gente y ningún medio de comunicación retransmitía el juicio de los ERE andaluces. Pero el fascista eres tú, capullo que se levanta a las siete de la mañana, que tienes un coche diésel, hijos en la concertada y que sigues teniendo que pagar a Hacienda si se mueren tus padres para que no todo sean alegrías.

Y llegó el cuarto milagro: el PSOE se aliaba con independentistas, comunistas con casoplón y proetarras y liquidaba con una moción de censura a Mariano Rajoy (que se negó a dimitir) para poder sacar a Franco del Valle de los Caídos. España, novena potencia mundial. Llámame tonto y bésame, morena.

A mediados de julio, hace menos de ocho meses, una encuesta de Simple Lógica para eldebate.es anunció al mundo entero que VOX podría entrar en el Congreso de los Diputados con uno o dos diputados.

Ultraderecha, clamaron ante el altar los obispos con ira / Ultraderecha, clamó La Sexta con idéntico cantar / Ultraderecha, clamó el Gobierno de Sánchez que al mundo aterra / Y cuando en socialdemocrática tierra, votos extraños se oyeron / hasta las tumbas (de la Pasionaria) se abrieron clamando ¡ultraderecha y guerra! (no, Alfonso no).

Los de VOX se la sacaron. Literal. Y convocaron a la que llaman La España Viva a un gran acto en la plaza de toros de Vistalegre, el emblema de lo que un día fue Podemos. ¿Cómo estaba la plaza aquel día? La plaza estaba abarrotá y un escalofrío muy humano recorrió la espalda del resto de los partidos políticos del arco parlamentario como recorrió la espalda de Jerjes al ver a 300 espartanos (y  2.000 arcadios y 1.500 hoplitas, que de eso se habla poco), comiendo tres veces al día higadillos de persas en las Termópilas.

Las fotos de aquel acto no se pudieron ocultar, pero los periodistas encontraron un filón en la página web de la formación y en concreto en las 100 medidas urgentes de VOX para España. “Ojo, que quieren una inmigración legal, posible y ordenada… son xenófobos. Ojo, que quieren igualdad ante la Ley de hombres y mujeres… son machistas. Ojo, que quieren la ilegalización de los partidos secesionistas como ocurre en Francia… son lepenistas. Ojo, que quieren cerrar las mezquitas fundamentalistas… son islamófobos. Ojo, que quieren un tipo único del 20 por ciento para rentas inferiores a los 60.000 euros… son antisociales. Ojo, que quieren recuperar las competencias autonómicas de Educación, Sanidad, Seguridad y Justicia… son, son, son…. oh, dios (con minúscula), son anticonstitucionales”. Las encuestas empezaron a darle a VOX cinco diputados en el Congreso y VOX volvió a sacársela y se presentó a las elecciones andaluzas. El CIS de Tezanos concluyó que no tenían nada que hacer. Doce escaños. ¡Ultraderecha!, chillaban las asociaciones subvencionadas feministas. Y siete diputados al Congreso. ¡Ultraderecha!, dictaba Pablo Iglesias desde su ínsula de Galapagar. Entre doce y catorce diputados. ¡Ultraderecha!, lloriqueaba Jordi Évole en El Hormiguero. De dieciocho a veinte diputados. ¡Ultraderecha!, clamaba en cada noticia El País (aquel que en mayo llamaba a Sánchez ‘irresponsable’ y en junio despedía al director). Entre veintiuno y veinticuatro diputados. Ultraderecha, ultraderecha, extrema, extrema derecha, sentenciaba la trifásica-trifálica ministra de Justicia Dolores “Éxito Asegurado” Delgado. De veintiséis a treinta diputados. ¡Ultraderecha!, susurraba el centrista moderado Feijóo y el liberal socialprogresista (?) de corte europeísta y reformador gayfriendly Albert Rivera, treinta y cinco diputados. ¡Ultraderecha!, declaran los consejeros procesados catalanes. Cuarenta y dos diputados, fuerza determinante y todavía no han presentado ni un solo candidato. Ni uno. Señales. Todo son señales de que ya no cuela, como lo demuestran los miles de españoles que abarrotan cada acto de VOX, no importa cuándo lea esto.

Ayer, en la sede del periódico La Razón, Alfonso Ussía presentó “La Razón de Santiago Abascal” ante un público que abarrotó, como jamás se había abarrotado ese salón y que aplaudió, como nadie había aplaudido en ese salón. Allí, delante de un millar de personas, Francisco Marhuenda, director del periódico, ex jefe de Gabinete de Mariano Rajoy y guardián de las esencias del centro derecha moderado reformista de progreso, se ahorró el calificativo de ultraderecha con el que hace bien poco calificaba a VOX y la renombró como “la derecha patriótica” mientras recordaba los errores de Rajoy y exigía garantías a Abascal de que no los iba a repetir. Marhuenda. Sí. Él. Rectificar es de sabios… o de listos.

Y allí estaba Santiago Abascal, en la sede del poder mediático madrileño, jaleado, animado, ovacionado, abrazado, exprimido, achuchado, querido, selfiseado El mismo Abascal que cuatro años atrás se subía a una caja de frutas en lo alto de un banco sevillano para dar un mitin a nueve (9) personas.

VOX tiene por delante muchos retos. La cuestión económica entre ellos, que no es que estemos de acuerdo con Clinton con su “es la economía, estúpidos”, pero sí que tiene su aquel. Mientras solucionan sus carencias, esperamos que entre sus nuevos cargos encuentren a lo Diógenes a un hombre honrado que se suba al carro de Santiago Abascal y le susurre, mientras la multitud le besuquea, lo que el esclavo le susurraba a los emperadores romanos cuando eran aclamados en triunfo: Respice post te! Hominem te esse memento! (mira detrás de ti, ¡recuerda que sólo eres un hombre!).

Aunque quizá un vasco al que ETA ha tratado de matar tres veces no sea de los que olvidan con facilidad que es mortal. Pero por si acaso.

Próxima entrega: Albert Rivera.

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