Aburridos de ser felices y de no tener problemas, los españoles decidirán su voto en función del Holocausto

Ahí dentro hay un voto que puede ser para un partido que condena sin paliativos el Holocausto pero que es antisemita, para otro que condena el Holocausto y que es projudío de lunes a viernes, para otro que condena el Holocausto en sus términos más contundentes pero que compra sus pañoletas en la sección de oportunidades de Hamas, para otro que condena el Holocausto sin ambages, pero que tiene electos que hacen chistes sobre ceniceros y judíos o para otro que condena el Holocausto, es projudío, condena el terrorismo palestino, pero que está bajo triple sospecha. Qué emoción, coño.

Tras la victoria de los políticos españoles sobre la crisis económica, y tras asegurar el futuro de las pensiones a la generación del baby-boom, acabar con el invierno demográfico y resolver el problemilla aquel de nada que tenían con el encaje territorial de ciertas regiones periféricas, los españoles, cansados de ser felices como un perro que tuviera dos rabos, decidirán el voto a los partidos políticos que se presentan a las próximas elecciones generales en función de si los candidatos condenan el Holocausto judío en los términos más absolutos o si sólo lo condenan mucho.

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“A lo mejor es porque estamos aburridos —asegura uno de estos españoles con esa sonrisa tan española—, pero desde que encontramos aquella solución magnífica para el asunto de la inmigración ilegal, desde que logramos colocar a 99 de nuestras universidades entre las cien mejores del mundo, redujimos la tasa de paro al cero absoluto por ciento, descubrimos que el agua del mar es una alternativa a los combustibles fósiles, redujimos las listas de espera a quince minutos máximo para una cirugía a corazón abierto y cerramos definitivamente las heridas de la Guerra Civil con aquella idea tan imaginativa que tuvo el Pacto de Toledo, pues chico, qué quieres que te diga, o es lo de condenar muchísimo o sólo bastante el Holocausto o yo no sé cómo decidir el sentido de mi voto, y por el equipo de fútbol no va a ser, que yo no soy un frívolo”.

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El mismo español confirma que “esto de ser la envidia del mundo cansa un poco. Incluso te diría que hemos estado tentados de volver a poner a poner en dificultades a los trabajadores del campo, que mira ahora cómo viven gracias a los robots autónomos inteligentes y sexualmente atractivos que se financian solos y dan lana, y hasta nos han entrado ganas de volver a elevar la deuda pública hasta el 0,5 por ciento, más que nada por tener algo de lo que discutir, pero no nos decidimos. ¿El Holocausto? Pues mira, era eso o la condena del genocidio armenio en sus términos más contundentes o con alguna matización si eres de ascendencia turca [suspiro]. No sé, chico. Una cosa te digo ahora que nadie nos oye, que casi que echo de menos aquellos tiempos en los que nos preocupaba la seguridad, con tanto yihadista suelto, tanto discurso del odio y tanto atentado a la libertad de expresión. Aquello nos daba, yo que sé, algo de vidilla. Y ahora, si me disculpas, dentro de poco comienza el discurso del presidente de nuestra República, el Rey Felipe VI, y tengo que ir a mi casoplón estándar galapagareño de español medio, como el resto, ni más ni menos, que pago a 200 años —que es la mitad de mi esperanza de vida hasta que no pueda más del asco y me tire por un barranco— con una hipoteca bajísima concedida por la Real y Republicana Caja de Ingenieros gracias a aquel Decreto de feliz memoria”.

Ampliación: Joder, qué tropa.

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