Humor político de la derecha en España: esplendor, muerte y resurrección

Extractos de la conferencia de José Antonio Fúster, director de La Gallina Ilustrada, sobre “El humor político de la derecha en España, de Gracia y Justicia a La Gallina Ilustrada, esplendor, muerte y resurrección”.

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Destrozar a un poderoso riéndote de él es un invento español, desde los juglares del siglo XIII hasta nuestros días, desde los versos de un trovador castellano llamado Alfonso Álvarez de Villasandino burlándose de las mancebas del rey Enrique II, el primer Trastámara, hasta Jaime Campmany, pasando por el arcipreste de Hita, el marqués de Santillana, el conde de Villamediana… y, sobre todo, Quevedo. Lope de Vega, por ejemplo, llegó a decir de una de las obras de don Francisco que “era lo más satírico y venenoso que se había escrito desde el principio del mundo” y añadía que era lo bastante como para matar al autor. Glups.

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Tendría que hablar de otras decenas de escritores satíricos políticos del siglo de oro, pero también de cómo la sátira tiende a hibernar en tiempos de guerra y de cómo, cuando hay libertad de cátedra, de tribuna y de prensa, el humor satírico languidece y se utiliza la ironía sutil, maliciosa, una especie de humorismo sereno y meditado. Un peñazo, vamos… Demos un salto temporal hasta el siglo XIX, que es donde comienza de verdad la acción y donde el consumo de prensa satírica se hizo masivo.

Hasta mediados del XIX hay dos publicaciones satíricas relevantes, Fray Gerundio (dirigido por Modesto Lafuente, el que bautizó al general Prim como el general Pringue) y El Mata-moscas que tienen dos características fundamentales. La primera, que incorporan ilustraciones, caricaturas sobre todo. La segunda, que por ser masivas, se convierten en un órgano de opinión. Además de que tienen ventajas esenciales como que consiguen que el pueblo, y en ocasiones el populacho, lea, lo que potencia la lectura de otras publicaciones serias y le dan al pueblo los resortes para poder tener un lenguaje crítico, irónico, sarcástico, y eso potencia la inteligencia de la burguesía que empieza a pensar por su cuenta.

En la segunda mitad del siglo XIX es cuando se desata del todo la sátira política en España. Como reacción frente al romanticismo serio, grave, oficial, Y como reacción frente a las ideas de la ilustración. El humor satírico siempre es reaccionario, porque reacciona a una realidad que no nos gusta y expone las contradicciones de los gobernantes y su fealdad moral sin tener que ir al Ateneo a escuchar una conferencia de un pedante engolado que lo que de verdad quiere es que le hagan académico y pasearse por el Retiro en calesa. El principal objeto de mofa de esa prensa es la lentitud en los cambios políticos anunciados, cambios que no acaban de llegar.

El desastre del 98 resulta en una explosión de sátira que no va a terminar hasta 1936. Estoy hablando de cientos de periódicos satíricos, muchos de ellos de corta existencia, otros no tan corta, que tenían la particularidad de que vendían mucho más, pero mucho, que la prensa seria. Y entre todos ellos, de finales del XIX, hay que citar por su importancia el periódico Madrid Cómico, dirigido por Sinesio Delgado, que nace en 1880 y dura hasta 1923 y en el que escribe gente como Clarín, Antonio Paso, José Luis Pellicer y Ramos Carrión, primeros espadas del ingenio. De aquellas publicaciones salieron maestros del humor que luego dieron el salto al teatro, como Arniches o los hermanos Quintero.

Si pueden hacerse con algún ejemplar de publicaciones satíricos de aquella época notarán que no les hace gracia. Porque, y aquí hay una característica esencial de humor político, la sátira necesita contexto. Un texto satírico sobre la Ley Agraria de 1911 no tiene gracia alguna para un lector de 2019, pero muchísima para los lectores de entonces. Es decir, que el humor viaja mal. Las bromas de Alfonso Guerra sobre Leopoldo Calvo Sotelo en 1981 ya no se entienden, pero la izquierda se partía con ellas…

Durante el primer cuarto del siglo XX, la sátira está en todo su esplendor en España. Todos ellos son concebidos y creados desde la política. hay satíricos liberales, tradicionalistas, regeneracionistas, conservadores, radicales y sobre todo, republicanos y anticlericales, que son impulsados por los propios partidos políticos. El humor satírico puede ser de izquierdas, de derechas, fascista o comunista. Tiene la particularidad de que nace de un grupo y se dirige a un grupo. Es decir, que se dirige a los votantes para darles argumentos que puedan defender en una comida dominical con sus cuñados, que esa es la esencia del periodismo satírico. Saber más que los demás y ser más ingenioso que el resto para poder destrozar al adversario.

Por su importancia en la formación de los discursos populares, es decir, de la opinión pública, me voy a referir a tres publicaciones muy diferentes. La primera es Gutiérrez, un semanario de humor vanguardista y refinado, de derechas, aunque con un tono festivo y picantón, que es donde velan sus armas escritores como Miguel Mihura, Edgar Neville, Enrique Jardiel Poncela, Antonio Robles, el gran K-Hito y un escritor prodigioso al que me atrevo a pedirles que redescubran: el falangista Samuel Ros. Se les llamó la otra generación del 27, por la inmensa calidad de sus textos. Tras la llegada de la República, Gutiérrez continúa hasta 1934, y aunque se mete en cuestiones políticas, la mayoría de sus genios habían abandonado el semanario porque mientras se quemaban conventos o se mataban seminaristas, hacer chistes intrascendentes sobre la vagancia de los funcionarios conseguía el efecto indeseado de que apenas se vendían 10.000 o 20.000 ejemplares. Entonces, para un satírico, eso era poco. Pero no lo olviden. Gutiérrez es el germen de la legendaria publicación La Codorniz.

Y ya que hablamos de matar seminaristas, la segunda publicación clave en aquellos años fue La Traca: un publicación satírica valenciana furibunda de ‘humor político’ de izquierdas nacida en el último cuarto del siglo XIX, que después de varios cierres, reaparece con una fuerza extraordinaria durante el reinado de Alfonso XIII, abandonando el valenciano con el que había comenzado y convirtiéndose en la principal arma de combate político republicano.

La Traca, que usó otras cabeceras para vencer la censura y los cierres que sufrió durante la dictablanda de Primo de Rivera, se alineó definitivamente con la izquierda radical republicana desde el 14 de abril y lo que destaca es por su lenguaje brutal (en español, abandonando el valenciano que le era propio) y por su anticlericalismo desatado. Tenia una sección en la que animaba a los lectores a que escribieran qué es lo que le harían a un religioso. En fin, ya saben ustedes cuántos sacerdotes, monjas, seminaristas y hasta obispos fueron asesinados con crueldad infinita desde 1931 hasta 1939 (alrededor de 10.000). Ya lo saben ustedes, menos la Conferencia Episcopal Española, que parece que no recuerda nada de aquello. ¿Pretendo responsabilizar a La Traca de la violencia anticlerical? Sí. Vendía medio millón de ejemplares. Y aunque es verdad que la izquierda siempre ha comprado mucho y ha leído poco, medio millón es medio millón.

Pinche sin miedo, bueno, con un poquito de miedo.

La tercera publicación es Gracia y Justicia. Esencial para comprender el descrédito de la Segunda República que por aquel entonces todo el mundo sabía que era un régimen fallido y que hoy se exalta como la madre de todas las democracias.

Gracia y Justicia fue la primera vez, y quizá la última, que la Iglesia católica comprendió que el humor político es esencial para combatir al adversario. Por lo general, la Iglesia siempre se ha alineado con los postulados del venerable Jorge, el monje ciego (una parodia de Jorge Luis Borges) de la novela El Nombre de la Rosa, que condenaba el humor hasta el extremo de envenenar el segundo libro de poética de Aristóteles sobre la comedia.

Fue un hombre, el cardenal Ángel Herrera Oria, maestro de periodistas, creador de la escuela de El Debate, heredero del padre Ayala y creador de las tres grandes reglas de periodismo contemporáneo: “informar, formar y entretener”, el que impulsó el nacimiento de Gracia y Justicia.

Lo hizo porque comprendió el peligro que suponía la República para los conservadores católicos y para la derecha en general. Para que vean lo que explicaba antes sobre la Iglesia, la editorial católica no se atrevió a financiar directamente una publicación de humor político, sino que lo hizo a través de un testaferro. Pero el cardenal era un hombre corajudo y no buscó a un testaferro desconocido, sino a su hermano Francisco Herrera Oria. Ambos hermanos fueron a buscar al periodista más ingenioso de la época, al director de La Nación y ex diputado en Cortes por los conservadores de Maura, Manuel Delgado Barreto.

Este canario también fue el director de otro semanario satírico importante de la época, El Mentidero. Era un hombre satírico, crítico, irónico, mordaz y socarrón un excelente e inagotable escritor que coqueteó con el fascismo. Y digo que sólo coqueteó porque aunque fue el director del único número que se publicó de El Fascio, le podía el conservadurismo tradicional, eso sí, el de Calvo Sotelo por encima del de Gil Robles

Los hermanos Herrera Oria hicieron que Delgado Barreto soportara todo el peso de crear Gracia y Justicia, un semanario de abierta hostilidad hacia la República, usando la sátira, es decir el humor político corrosivo contra todos los personajes del régimen, desde Azaña, del que no dejaron ni las raspas, hasta Indalecio Prieto. Gracia y Justicia, en una república de la que la izquierda tenía un sentido patrimonial, dio los argumentos necesarios para toda la derecha que se resistía a morir. ¿Cómo se llamaba a Azaña en los salones de toda España? “El Verrugas”. ¿Cómo se burlaban de la preocupación de Indalecio Prieto por los hambrientos? Caricaturizándole con la barriga enorme que portaba. Inventó la palabra “Charlamento”, para referirse al Congreso de los Diputados. Charlamento es una palabra que se usa hoy de nuevo en La Gallina Ilustrada, pero entonces la inventó Gracia y Justicia y se incorporó al lenguaje de la derecha con una eficacia brutal. 

Tan brutal que Gracia y Justicia fue el acicate (para los de la Logse, el impulso) para que el Congreso promulgara la Ley de Defensa de la República que quería impedir las críticas hacia el régimen. La victoria de la CEDA, aunque acomplejada, le dio un respiro a Delgado Barreto, que seguía dirigiendo el periódico La Nación. Era un tipo incansable.

Con él colaboraron de manera efectiva muchos periodistas monárquicos y algún meteorito como César González Ruano. Gracia y Justicia fue el mayor enemigo de un régimen corrupto, ineficaz y totalitario. Y en esta abierta hostilidad, también atizó a la derecha, a la floripóndica de Alcalá Zamora, a la buenista de Marañón, a la equidistante de Ortega y Gasset; es decir, y como diría “el moderado” Eduardo García Serrano, a la derecha blandita y acomplejada que lo que quería era que le hicieran académico y pasearse en descapotable por el Retiro.

Gracia y Justicia, aparcó sus diferencias con la CEDA en la campaña electoral de 1936 para pedir el voto a las candidaturas del Frente Antirrevolucionario, se despidió de todos sus lectores en su último número, un día antes de los comicios de febrero de 1936, en el que advirtió que si ganaban las elecciones los enemigos de España, no quedaría nada del semanario.

Último editorial de Gracia y Justicia, 15 de febrero de 1936

Y fue así. Lo primero, no lo segundo ni lo tercero. Lo primero que hizo el Frente Popular fue decretar el cierre de la publicación. Y por si acaso algún resorte democrático oculto en aquella República permitía que su director sacara otra cabecera (como ya hizo cuando Gracia y Justicia fue suspendido en 1932 durante cuatro meses y sacó el semanario Bromas y Veras), los CDR de entonces asaltaron en marzo la redacción y los talleres de La Nación, donde también se imprimía Gracia y Justicia y la incendiaron. Delgado Barreto, que estaba dentro del edificio, se libró de la muerte gracias a que uno de los revolucionarios izquierdistas había sido trabajado en el taller y sabía que era un hombre bueno que no merecía ese fin por pensar distinto.

Pero no todos, ni siquiera la inmensa minoría, pensaban como aquel trabajador. En julio de 1936, Delgado Barreto y su principal ilustrador, el gaditano Areuger (Gerardo Fernández de la Reguera), fueron detenidos, enviados a la Modelo de Madrid, y en una fecha sin determinar por noviembre del mismo año, sacados y asesinados en Paracuellos o en Rivas y sus cuerpos arrojados a fosas comunes para ocultar la matanza.

El mismo destino, la muerte, que aguardaba al director de La Traca, Vicente Carceller, y curiosamente, también a su principal ilustrador, Carlos Gómez Carrera (Bluff), detenidos en 1938 por las tropas nacionales, juzgados en consejo de guerra en presencia de abogado, y fusilados al terminar la guerra.

La diferencia entre Delgado Barreto y Carceller es que el director de La Traca llamaba directamente al asesinato, por ejemplo de curas, y Delgado Barreto jamás pidió la muerte para nadie. Al contrario, siempre, y en todos los números de Gracia y justicia, a pesar de su fervor antirrepublicano, siempre reclamó paz, paz y más paz.

El director de ‘La Traca’, donde salían publicada estas edificantes viñetas, tiene una biblioteca municipal con su nombre y una calle en Paterna.

Pero la mayor diferencia es que en 2015, el alcalde de Valencia, el socialista Joan Ribó, de pie ante la tumba (nicho) de Carceller, se comprometió a dar una calle al director de La Traca, cuyo nombre ya está en la Biblioteca municipal de Paterna y exaltó su actividad cultural en favor de la democracia y la libertad. Ribó también subvencionó la exposición sobre La Traca que decenas de miles de valencianos visitaron durante todo 2016. La diferencia mayor es que la derecha política ni sabe quién es Delgado Barreto, ni hay una biblioteca con su nombre, ni, por supuesto, ha habido homenaje alguno delante de su tumba porque no hay una tumba con su nombre en una lápida.

Que luego venga la derecha política quejándose de que la izquierda lleva 30 años, o ya 40, riéndose de ellos, parece un chiste. Uno malo.

Aquel 16 de febrero de 1936, cuando el Frente Popular cerró el semanario y cuando incendió los talleres en marzo, fue la defunción del uso del humor político por parte de la derecha. Lo que vino después ya no fue humor político. Lo que vino después, fue La Codorniz y tras ella, el silencio.

La Codorniz, creada por Miguel Mihura, recuerden, el de Gutiérrez, el humor intrascendente, vanguardista, pero costumbrista.

La Codorniz no nació como un semanario político ni fue el heredero de una publicación satírica de corta vida durante la guerra, La Ametralladora. Es evidente que después de la guerra España no estaba para chistes. Ni por parte del pueblo, que bastante tenia con llorar a sus muertos, ni por parte de las autoridades franquistas, que impusieron una especie de vuelta al romanticismo, a la gravedad oficial, a los grandes te deum en plazas públicas. 

La Codorniz nació alejada de todo humor político. Mihura no soportaba el humor político y no fue hasta que se enfrentó a su yerno, Álvaro Delaiglesia, un joven que ya había colaborado con él en Buen Humor y en La Ametralladora. Álvaro de Laiglesia, además, se había alistado en la División Azul, y a su vuelta vio una España que podía ser satirizada. No podía serlo el régimen, pero sí ciertas actitudes, el estraperlo, el contrabando, el racionamiento, la reconstrucción… Hay motivos para la sátira, pero Mihura y la implacable censura no quieren ni verlos. De la disputa entre estos dos genios, Mihura se vuelve a corrales y Álvaro Delaiglesia convierte a la publicación en la revista más audaz para el lector más inteligente. Pero eso no es la derecha política. Es el franquismo sociológico que da cabida a todo el mundo. La sátira, o está dirigida contra el poder, o no es sátira.

A finales de los 70, La Codorniz no sabe, aunque lo intenta, digerir el inevitable cambio que se avecina, y por la izquierda empiezan a adelantarle otras publicaciones que certificarán la muerte de esta revista legendaria. El Papus, Hermano Lobo, Por Favor, El Jueves y otras decenas de publicaciones, todas de izquierda, se adueñan del humor político en España. 

La única sátira de derechas desde 1982 hasta 1998 que hay en España se llama el ABC. El ABC, que giró hacia posiciones de centro izquierda allá por 1982 reacciona con la llegada de un nuevo director, Luis María Anson, que le da las páginas de opinión a cuatro articulistas que usan el humor político como si no hubiera un mañana. Jaime Campmany, Alfonso Ussía, Antonio Burgos y Jiménez Losantos. Además de Mingote, claro, Pero claro, aunque usen el humor, el ABC es un periódico serio y no puede hacer todo lo que un periódico satírico sí que haría. Además, a la derecha política no le gusta el humor. No lo comprende porque no puede influir en él. A Manuel Fraga no le gustaba nada, como muy bien sabía Campmany. Muy poco a José María Aznar, absolutamente nada a Mariano Rajoy. Veremos qué le parece a Pablo Casado, pero los antecedentes son malos.

Estos 40 años han sido un páramo de humor político por parte de la derecha,  y un jardín del Eden para la izquierda política y para el nacionalismo. Aunque han sobrevivido algunos poetas satíricos como Monsieur de Sans-Foy o Fray Josepho, a la altura del olvidado genio que fue Jorge Llopis, no ha habido ni una sola publicación que diera la réplica a la eficaz labor de sátira política de la izqueirda. El descalabro de la Prensa en papel por culpa de la crisis económic que negó Zapatero y por culpa de los editores que se resistieron a cambiar el modelo de negocio, también se llevó por delante muchas publicaciones radicales de izquierda. Ahora mismo, sólo quedan dos: El Jueves y la revista Mongolia, ambas de izquierda dura, y ambas aupadas a los altares de la libertad de expresión por parte de la izquierda política y por parte de la derecha acomplejadita… ¿Un ejemplo más allá de, «es muuuuuy bueno» de Alberto Ruiz-gallardón dedicado a El Gran Wyoming? Estaban González Pons, el político valenciano del PP, líder de los populares en el Parlamento Europeo, dijo no hace mucho que él estaba dispuesto a dar su vida porque Mongolia pudiera hacer un acto en Valencia. Yo jamás llegaría a tanto, pero bien por él.

El 31 de mayo de 2019 nació “La Gallina Ilustrada” en papel y de venta en quioscos y por suscripción. La Gallina Ilustrada, que fue en su día un suplemento de la revista Chesterton, decidió volar libre y reunir a buena parte de los mejores (todavía faltan algunos y hay rotaciones, a lo Simeone en el Atleti, pero es una cuestión de tiempo, espacio y, claro, de dinero).

Además de los ya mencionados vates (en ocasiones, bates) satíricos Fray Josepho y Monsieur de Sans-Foy, reúne plumas maestras del pensamiento liberal-conservador (algunos más liberales que conservadores, otros más reaccionarios) que siempre han usado el humor como medio para sus fines literarios: Carlos Esteban, Luis Montero, Rafael Bardají, Kiko Méndez-Monasterio, Fernando Paz, Beatriz Rojo, Eduardo García-Serrano, Mariela de Ulloa, María Durán Gil-Casares, Emilio Campmany, Javier Torres… y cómo no, en la mejor tradición de la prensa satírica, algunos genios que se amparan en el seudónimo para poder escribir en libertad.

Junto a ellos, grandes dibujantes como Mariano Camarero, nuestro portadista, o Jesús Rubio, alias ‘Picatostes’. Querríamos tener más, pero aquí también es una cuestión de tiempo, de dinero y de reconocer que, a la fuerza ahorcan, la mayoria de los dibujantes satíricos de Estepaís o son de izquierda o querrían ser de izquierdas..   

Hoy, La Gallina Ilustrada lleva diez números en los quioscos. Y cuenta con el favor de las críticas de sus lectores, que son espectaculares. Y con el silencio permanente de la inmensa mayoría de nuestros colegas de la prensa, da igual de cuál de los tres tipos de prensa: centro-moderada, izquierdista y/o subvencionada, tan solícitos siempre para dar publicidad a cualquier producto zurdo, tan rácanos para con los diestros.

Pero estamos en la calle, y nos pueden encontrar en los mejores quioscos de toda la nación. Poco a poco, gallina a gallina…

Si después de 42 años (como mínimo, 83 si nos ponemos puristas), sin una publicación satírica no-de-izquierdas en Estepaís, no podemos quejarnos de la acogida de decenas de miles de lectores que nos conocen y que han comprendido que la derecha política y social no podía estar quejándose todos los días de la apropiación cultural del humor por parte de la izquierda sin hacer algo al respecto.

Por eso, aquí todos los puntos de venta de La Gallina Ilustrada en toda la nación.

Y aquí la posibilidad de suscribirse a La Gallina Ilustrada, recibirlo en casa gracias al servicio de Correos y no perderse ningún ejemplar: